Cabo sin nombre: Descubrir nuevos límites

0saves

Otro relato en primera persona de nuestro amigo R. Andrés Toledo (@bober21), autor del sitio Momentos en el Fin del Mundo (@momentostdf), que recorre los paisajes de la Tierra del Fuego. 

Hace 7 años que camino brevemente por la Tierra del Fuego, y en cada recorrido he podido descubrir paisajes tan disímiles como el de la montaña, la estepa y el mar. Cada integrante de estos ambientes, muestra su lado más salvaje y a la vez, más hermoso. Cierto también es, que cada incursión a la que me he adentrado no se asemeja en nada, a la de otros tantos caminantes de la isla –más avezados y con todo el coraje-; pero para mí, cada una de ellas, representan un límite que atravesar.

El sábado último, emprendí una caminata hacia uno de los lugares más enigmáticos en la costa atlántica fueguina, al sur de mi Río Grande. Con la ayuda de varias herramientas en la web, pude planificar un trekking hacia un cabo sin nombre. Inicialmente creí que se trataba del Santa Inés, al norte del Ladrillero.

Claro que desde los mapas y la comodidad de mi casa pude notar que la travesía suponía un mínimo esfuerzo y que iniciándola a la tarde, podría estar de regreso sobre la noche. En enero, los días permiten esos extremos. Nada más lejos de la realidad que mi suposición. Nada.

Cerca de las 15 y a 30 kilómetros de la intersección entre las rutas 3 y A, inicié el camino hacia el norte. Primero cruzando el bosque, a los 180 msnm, para llegar a la línea de costa en el Atlántico, a unos 3 msnm. Me sorprendió, en medio del sendero dibujado por los animales, un ejemplar de castor adulto de frente. Siempre los había visto en sus estanques o fotos. Jamás a menos de 5 metros de distancia. El animal comenzó a acercarse a mí rápidamente emitiendo un sonido similar al de los gatos cuando se enojan. Debo confesar que la situación me descolocó un poco. Bastante diría. Me hice a un lado y el roedor pasó rápido a su estanque.

Seguí bajando y di con dos o tres castoreras más. Activas, por las marcas en los árboles cercanos. Luego, llegué a un blanco en medio del bosque, lo que me facilitó aún más la travesía ya que, al no haber un sendero claramente delimitado, cruzar el bosque –con árboles caídos y zonas anegadas por el agua-, complica bastante. Ahora, fue un guanaco el que, con su particular sonido, llamó mi atención. Su voz de alerta es muy parecida al relincho de un caballo. El animal me veía atentamente por entre los árboles y emitía su señal de peligro a los demás integrantes del piño. La tarde estaba soleada, sin viento y con un pronóstico más que favorable.

El tramo que estaba caminando, ya llevaba cerca de tres kilómetros pero no los noté. Todo el escenario a mi alrededor, hacía que la caminata no se sintiera en mis piernas. Adelante, en este blanco de bosque, pude ver una bandada de bandurrias australes a las que mi presencia no las incomodaba. Las aves comían relajadamente.

Luego de espantarlas obviamente, continué mi camino pero en esta oportunidad, con dirección a la línea de costa. Cerca de las 5 de la tarde la marea estaba en pleamar y el sonido que emitía era llamativo. Parecía un rugido en medio de la tranquilidad del ecotono. Cuando llegué a la costa, luego de atravesar una larga franja de piedras redondas y de colores, pude ver al sur el cabo Ladrillero, el mar furioso golpeándolo y el cielo apenas vestido de algunas nubes blancas.  Hacia el norte, vi el cabo sin nombre con su peñasco solo en medio del océano. Mi destino estaba próximo, aunque no esperaba lo que el paisaje me preparaba con cada metro que avanzaba.

Decidido a continuar por la costa, las rocas y las piedras fueron un obstáculo importante. ¿Cómo sortearlas y no cansarme por demás? ¿Cómo disfrutar ese sonido de mi pie dando contra ellas en cada paso, sin sentir que mi peso llegaba a más?

Así, seguí por varios kilómetros disparando mi cámara en todas direcciones, deteniéndome a contemplar el cielo, ver las olas cada vez más bajas a causa de la bajamar y buscar en todas direcciones la presencia de otro, que como yo, buscara conocer un poco más Tierra del Fuego. Nadie. Solo yo. Al menos en ese punto del mapa de nuestra isla.

Como la línea de costa me suponía un esfuerzo extra, decidí continuar por la zona alta, donde las piedras no se interpusieran conmigo. Desde este punto el paisaje se completó del todo. La estepa, el bosque, un serpenteante río y el Atlántico. Una postal inigualable. Me acerqué hacia la costa del río, creo que es el Chapel –según lo que pude apreciar en Google Earth-, allí hice la primera parada en el trayecto para disfrutar de unas galletitas y el reparo del agua. Había avanzado casi 4 kilómetros.

Decidí regresar a la línea costera, y luego de seguir una huella de un vehículo en medio del pasto, divisé una formación extraña antes del mar. Como si el río, antes hubiera tenido otro curso. Al fondo, una choza hecha de troncos en forma de conos con un agregado cubierto de chapas. ¿Un refugio de pescadores? ¿Habrá alguien? ¿Será de la estancia? Seguro, me encaminé a despejar mis dudas. El gps me marcaba 6,4 km de recorrido desde que dejé atrás la ruta A.

Cuando llegué al refugio, pude comprobar que se trata de un lugar armado para el transeúnte ocasional. La entrada hecha de troncos dispuestos en forma cónica –emulando las costumbres de los selknams- era la antesala. En el agregado, de poco menos de dos metros de altura había un tacho de hierro para fuego; una cucheta de dos camas y una especie de sillón. Un par de repisas con pavas, mates, cubiertos y una sartén completaban el salón. El lugar, evidentemente era para refugiarse de los elementos y reparar los efectos de largas caminatas.

Cuando salí, nuevamente me encaminé hacia la costa y ahí, mi sorpresa alcanzó un punto inflexible. Decenas de playeritos –pequeños, plateados y sumamente sincronizados en su vuelo- montaron una danza en el aire que me dejó sin palabras. Solo atiné a comenzar a disparar mi cámara en todos los sentidos que ellos volaban. A la derecha, en sentido contrario, a la izquierda, arriba, se desagrupaban y se rearmaban, ofreciendo un momento especial. La costa también estaba poblada por gaviotas, ostreros australes, patos y cauquenes. Pero sin dudas, la presencia más destacada era de los pequeños playeros.

Crucé el río, insisto en que creo que se trata del Chapel; continué por la costa ya que los acantilados se mostraban muy altos y cada vez más cerca mi destino. El cabo y su morro bañado por las frías aguas del mar argentino. Las paredes que se alzan en este punto, son de aproximadamente 10 o 15 metros. Se dibujan capas de estratos y las piedras incrustadas sobresalen del resto como balcones donde las aves y la vegetación aprovechan todo.  Debajo de estas altas paredes, el mar ha ido puliendo pequeñas cuevas por donde le agua se escurre y gotea dando un aspecto brillante a la enorme pared. Insisto, las piedras y rocas, le dan un valor agregado al paisaje.

Queremos agradecer esta crónica y las fotos que la ilustran a R. Andrés Toledo (@bober21), autor del sitio Momentos en el Fin del Mundo (@momentostdf), a los que recomendamos seguir.
Momentos en el Fin Del Mundo es un sitio de interés general, relacionado con aspectos tan disímiles de la Tierra del Fuego, como la historia, geografía, biología, fotografía, interes general y turismo; logrando amalgamar todas ellas para dar a conocer uno de los lugares más hermosos de Argentina y del mundo.

Dejá tu comentario +

One Comment

  1. Juan

    Me ancantaría una travesía parecida.
    No conozco tierra del fuego y me encantaría.

Dejá tu respuesta

* Required Fields.
Your email will not be published.