Atilio en el cajón del Azul

Una de mis primeras salidas de trekking fue al sendero al cajón del río Azul, en El Bolsón, una salida que era muy recomendada por la Oficina de Turismo y, sobre todo, por otros caminantes que nos encontrabamos en el camino. Y una sorpresa extra fue llegar a la cabaña que se encontraba poco más alla de nuestro destino, donde habita unos de los personajes emblemático de esa ciudad.

Un vapor envuelve al bosque cerrado. Todo está húmedo, regado por nubes y lluvias. De los árboles altísimos brotan gotas de agua. Un sendero de sombras atraviesa la espesura, buscando las alturas. Algo fantasmal corre entre el follaje, por detrás de troncos anchísimos, observando al caminante que hunde sus pies en charcos congelados; el hielo cruje a cada paso.

La huella de barro va bordeando el rumor del Río Azul. Sobre aquel torrente de agua otro de nubes espumosas sigue su cauce. Una pasarela que hace poco desvencijó la insistencia del río sólo sostiene las dudas del caminante. Algunas tablas colgadas, a punto de caer, se balancean como el péndulo de un reloj. Tienen los minutos contados, después las arrastrará la correntada.

Luego de cuatro horas de ascenso en plena cordillera se divisa la cabaña, a unos 27 kilómetros verticales de El Bolsón. Como en un monasterio perdido en la montaña se reúnen varios caminos cansados, formando una especie de nudo de senderos. En ese mismo lugar vive Atilio, solo, en las profundidades de las nubes y en las alturas de la piedra.

Unos nudillos rosados por el frío golpean la pesada puerta y, lejano, responde un grito: “¡paaaaaaase nomás!”. Es la voz de Atilio, el refugiero del Cajón del Río Azul.

Adentro hay poca luz, todo es de madera. Los bancos son troncos decapitados, la cocina es a leña y el fuego crepita dentro de ella. En las vigas hay ganchos cada cinco centímetros. Todos sostienen algo: tasas, cucharas, un sombrero salpicado y hasta un poncho de agua. Más allá un largo estante soporta una pila amarilla de revistas National Geographic y en el fondo de la escena suena un jazz perfecto.

Atilio en su cabaña del cajón del AzulAtilio, en su cabaña del cajón del Azul

“Desensille, ¿quiere un mate?”, pregunta Atilio mientras acerca un jarro azul, de dos orejas. Barbudo y de ojos claros es una mezcla de quijote con paisano, tiene algo de bíblico carpintero y un aire de paciente pastor lo atraviesa. Por años fue forjado en la soledad de la montaña pero un soplo urbano sigue corriendo en su sangre, revelándose en música como la de Pink Floyd o Dire Straits.

Atilio saca su tabaquera y arma un cigarro con cuidado. Sentado frente a la ventana fuma y observa mientras el humo se pierde en sus barbas. Con el codo en la mesada y la mano en la mejilla contempla los atardeceres en silencio. Frente a él la montaña se desangra en un río nervioso; es una especie de cicatriz blanca que la parte al medio y luego baja torrencial, arrastrando lo que encuentra a su paso.

Hace varios días que llueve. Golpes rítmicos aburren al techo y por el ápice de las canaletas se suicidan cataratas de agua. “Invierno es tiempo de lluvias y acá arriba prácticamente no hay días despejados”, explica Atilio para luego agregar: “Aquí, en esta época, uno se moja siempre, es el precio de vivir entre las nubes”.

Trabajo paciente, de hormiga. Después de diez años de esfuerzo en la montaña aquel antiguo carpintero de la provincia de Buenos Aires consiguió levantar su sueño con maderas y clavos entre el cerro Dedo Gordo y el Hielo Azul, en el suroeste de la provincia de Río Negro. En 1995 empezó a subir los materiales para su construcción. De a poco, como una hormiga con su hoja en el lomo, fue cargando todo lo necesario en las alforjas de su caballo: la cocina de acero desarmada, algunos vidrios para las ventanas, colchones, herramientas, ollas y hasta algún borrego atravesado en la cruz de su alazán.

La cabaña/refugio de Atilio
La cabaña/refugio de Atilio

Allí arriba las normas de convivencia son simples. Una cartulina enganchada en una tabla las recuerda. Dejar todo en orden es la premisa básica. Sin embargo, Atilio cuenta que no tiene muchos problemas con este tema, ya que la montaña misma funciona como filtro de visitantes. “No cualquiera llega por aquí, y menos en esta época. Tal vez por eso la mayoría de los viajeros que vienen son gente probada y muy agradable. Pero yo no sé si caminaría hasta aquí arriba para sentirme servido como un rey”, sentencia con un tono irónico.

En el piso superior hay un cuarto inmenso, sin divisiones. Es “el dormidero”, como él mismo lo llama . Varias pilas de colchones apilados esperan el cansancio estival de los jóvenes que por esta época no se hacen sentir. “Pasan días y días sin que nadie aparezca”, explica el refugiero con naturalidad.

El célebre granero
El célebre granero, que da cobijo a los aventureros del sendero al Cajón del Azul

Es domingo y Atilio ha decidido bajar al pueblo. Jinete y caballo descienden por angostos senderos, pisando raíces y musgos. El refugio queda solo; las ovejas balan inquietas, la noche deambula penando y sin amparo, y el viento se arremolina furioso, sin saber hacia donde disparar. Por suerte mañana volverá.

Fuente y fotos: La Nación.com

El sendero al Cajón del Azul

Cargado el infaltable mate en la mochila (al fin y al cabo, todos nuestros kilómetros de trekking tienen como finalidad encontrar un buen lugar para tomar mate!), nos subimos al fiel Corsita que nos servía de transporte, y nos mandamos para allá. Salimos por la ruta y luego por el ripio, para el lado de Mallín Ahogado, y así fue que llegamos “a lo de Warton”, dónde compramos un pan casero y dejamos el coche. De ahí, el sendero fue bajando hacia el río Azul, y justo cuando lo encontramos vamos bordeandolo hacia arriba, donde se junta con el Blanco. Y sobre el Blanco es que cruzamos el primero de los puentes colgantes (el otro nos pasará del otro lado del Azul). Y si no te sentís en ese mismo momento un aventurero, pegá la vuelta!

Pasarela sobre el Río Azul

Una de las pasarelas en el sendero al cajón del Azul

La caminata es larga: 3 a 4 horas, según el ritmo que se lleve, y hay tantas subidas como bajadas. Se atraviesan variados bosques de cipreses, amplios, frondosos, de árboles gigantes y pequeños, por momentos se bordea el río y por momentos el sendero se vale de pasarelas y escaleras de troncos para ser recorrido. Luego se cruza un valle de ensueño y después se llega a otro valle en donde está ubicado el famoso cajón del Azul. El cajón es un cañadón cuyo ancho varia de acuerdo a la altura del recorrido, por lo general son 40mts. de profundidad, dentro del cual se “encajona” el río Azul. Si uno se asoma puede ver allá abajo correr el río y entender claramente el por qué de su nombre. En la parte superior hay un pequeño puente que nos permite cruzar el río dando tres pasos y admirando al mismo tiempo su color y la rítmica belleza de sus reflejos en los muros de piedra. Siguiendo el sendero que parte hacia el norte, una vez cruzado el último puente (de troncos), es posible hallar picadas que descienden aunos pozones enormes, con grandes piedras que tientan a pegarse un baño y tirarse a tomar sol, pero ojo, acá no se puede nadar. La corriente verde azulada, helada y pura, es muy peligrosa, asi que no lo hagas. Más adelante, cuando el cajón termina, hay otros pozones, más grandes y profundos en los que si se puede disfrutar de las aguas frescas que descienden del glaciar en alta montaña. Desde esas rocas, mirando hacia arriba, puede verse la continuación del río, que forma algunas cascadas, todo rodeado por bosques de cipreces.

Sendero en los bosques al cajón del Azul

El sendero boscoso invita a sentarse a tomar mate en medio de su paz

Pasando el Cajón, unos metros mas adelante, se llega al “Refugio de Atilio” el cual cuenta con alojamiento, duchas (con agua caliente), comidas, cerveza y dulces artesanales y una granja orgánica. Atilio es un antiguo poblador del lugar que abrió sus puertas a los visitantes y da refugio a los visitantes en su cabaña, una construcción hecha artesanalmente en madera. Allí hay lugar para 15 personas, y el pago de la estadía es mínimo. Otra alternativa es dormir en el granero. Luego de la intensa caminata, Atilio y su grupo de gente, nos ofrece mucho más que un lugar donde comer y pasar la noche. El mate o el té que ofrece Atilio al llegar, junto con la paz que se siente en el lugar, es el final perfecto para el recorrido. Creanme, si van solo por el día, van a considerar volver y pasar unos dias. Además de las bondades del lugar, lo de Atilio es en sitio ideal para hacer base y, desde ahí, recorrer hasta las cuevas del río y el bosque virgen. Y para excursiones mas largas, como la de “Los Laguitos“, “Dedo Gordo” o el “Hielo Azul“, que se llama así porque cerca del refugio hay un glaciar. Se trata de una caminata más complicada, con mucha subida que requiere un gran esfuerzo, pero también los sentidos son recompensados al llegar.

El río Azul, desde el sendero

El río Azul, desde el sendero

Cajón del río Azul

Finalmente, el famoso cajón

Fotos: LaNación.com

Aquí le dejo el mapa de la Comarca del Paralelo 42° (o mas bien, de El Bolsón y Lago Puelo), y más abajo la vista en Google Maps del sendero

Mapa de El Bolson y Lago Puelo

Mapa de El Bolson y Lago Puelo


Ver Senderos de El Bolsón en un mapa ampliado

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