El Chaltén, eterna juventud

A poco más de 200 km de El Calafate, un paseo por los fascinantes senderos de la Capital Nacional del Trekking.

El paredón de piedra proyecta su sombra sobre El Chaltén, al sudoeste de Santa Cruz. Unos puntitos de colores se deslizan por su superficie y lo picotean con la inquietud de las abejas. Un lugareño nos explica que son montañistas que practican sobre los murallones, para uno de los mayores desafíos del planeta: escalar los cerros Fitz Roy y Torre, dos moles de granito que se encuentran justo frente al pueblo. No se trata de un paisaje cualquiera: cuando la corona de nubes libera los cerros, el macizo impresiona como una gigantesca mano de piedra. Sólo por ver esta maravilla vale la pena recorrer los 220 km que separan El Calafate de El Chaltén.

La ruta 40, que hasta hace poco era de ripio, ahora está asfaltada y permite recorrer el trayecto en apenas un par de horas. Pero, aunque el viaje sea corto, vale la pena detenerse en la mitad del camino para conocer el histórico parador La Leona, que guarda recuerdos de los tiempos en los que sólo los colonos, aventureros y bandidos se lanzaban hasta estas tierras del fin del mundo.

El Chalten, provincia de Santa Cruz, capital nacional del trekking

Un enorme cartel de madera anuncia que El Chaltén fue declarada Capital Nacional del Trekking. No bastará, entonces, con admirar las puntas silenciosas de los cerros. Habrá que darse tiempo para caminar, explorar, perderse entre maravillosos bosques, lagunas y glaciares.
Carlos Kargauer, padre de la propietaria del Parador y Hotel de Campo La Leona, cambió por unos días su agitada vida de Buenos Aires por la soledad de este rincón de la Patagonia, entre la meseta y la Cordillera. Luce el atuendo del gaucho con prestancia: bombachas, pañuelo al cuello con broche de plata, lustroso facón a la cintura. “Nos costó mucho reformar el parador respetando el estilo, pero finalmente pudimos hacerlo”, señala Kargauer. Los mostradores de madera, el ambiente cálido y las gruesas paredes de adobe le dan la razón. Con orgullo, se ofrece a mostrar las seis habitaciones –algunas de ellas con vista al río La Leona– recicladas con materiales originales, y cuenta anécdotas sobre el millonario Douglas Tomkins y el director de cine Francis Ford Coppola, que cada tanto se dan una vuelta por el lugar.

Butch Cassidy y Sundance Kid posan con expresión adusta en la foto que cuelga de una pared, justo al lado de la mesa donde degustamos una pizza artesanal. En 1905, mientras huían de la justicia por el robo de un banco de Río Gallegos, los legendarios bandidos norteamericanos pararon durante un mes en la posada.

El parador luce igual que hace un siglo, cuando lo fundó una familia de inmigrantes dinamarqueses para recibir a los colonos que trasladaban animales y mercaderías desde y hacia la costa atlántica. A orillas del río, la posada todavía se distingue por su techo de chapa colorada y las paredes blanqueadas a la cal. Según una vieja leyenda, un puma (que los colonos creyeron leona) atacó aquí al científico, explorador y perito Francisco Moreno.

Junto a las aguas lechosas del río, a metros del parador, fueron ejecutados en 1921 los peones rurales en huelga, que reclamaban mejores condiciones de trabajo a los estancieros. Aquí también hicieron base, en la década del 50, las primeras expediciones que desafiaron las alturas de los cerros Torre y Fitz Roy.

En un corral, una cría de guanaco toma de una mamadera, mientras una perra se refugia en un pozo del viento que aplasta todo lo que se cruza a su paso. “En invierno este lugar es hermoso. El viento se calma, hace mucho frío y todo se cubre de nieve. Zorros, guanacos, pumas, mulitas y choiques bajan desde las tierras altas en busca de comida y esto se llena de animales”, asegura Kargauer.

Todavía quedan unos cuantos kilómetros para llegar a El Chaltén, que reserva algunas de las vistas más impactantes de la Patagonia: el macizo con sus dedos cubiertos de nieve, las aguas verdes del lago Viedma y el glaciar, que cae desde la montaña con la cadencia de un río azulado.
A poco más de 70 km hacia el oeste de La Leona, el ripio de la ruta 21 bordea la orilla del lago Viedma, atraviesa los campos de la estancia Santa Teresita y termina en la entrada de la estancia Helsingfors. Desde este lujoso lodge se puede cabalgar o hacer trekking por el Valle del Río Alfredo y el cerro Huemul, hasta la impactante laguna Azul, rodeada por un glaciar.

Chaltén significa “montaña que humea” en la lengua de los originarios pobladores aonikenk o tehuelches, que habían bautizado así al cerro hoy llamado Fitz Roy. Esta gigantesca lengua de granito domina el paisaje, siempre que los cambiantes humores del clima lo permitan. El halo de nubes parece pegado a la cima y por momentos puede confundirse con el humo de un volcán.

Una laguna en el horizonte

El Chaltén es también el pueblo más joven de la Argentina, a los pies de esta montaña. Fue fundado en 1985, después del conflicto limítrofe con Chile por la laguna del Desierto, y desde entonces creció con ritmo lento y sostenido. En la Capital Nacional del Trekking, la mayoría de la gente –tanto vecinos como visitantes– luce en impecable estado atlético. Abundan las camperas de marca, los acentos extranjeros, las botas de trekking y las cámaras digitales reflex. No hay autos en la calle principal y la gente circula ataviada con ropa de colores, vinchas y bastones, que delatan el esmero para preparar las caminatas.

Los menos entrenados eligen senderos tranquilos, como el que lleva a la Cascada del Chorrillo o a la laguna Capri. Los más osados se disponen a llegar hasta la laguna Torre o quizá sigan viaje para trepar a la cima del Fitz Roy o del Torre, en una de las aventuras más desafiantes que un escalador pueda enfrentar. Si bien no se trata de montañas elevadas –apenas superan los 3 mil metros de altura–, los fuertes vientos y la disposición de las laderas las ubican entre las más inaccesibles del planeta. Está claro que el reto no es para cualquiera, pero al menos vale la pena acercarse hasta los campamentos ubicados en la base de los cerros, donde montañistas de todo el mundo esperan durante largas temporadas el momento oportuno para subir.

La caminata hasta la laguna Capri atraviesa ríos, estepas, praderas y un breve tramo de bosque subantártico, hasta llegar a la laguna, con extraordinarias vistas del Fitz Roy. En invierno –si el clima lo permite– se puede realizar este trayecto utilizando en los pies raquetas de nieve.
El frío y el viento no amedrentan al hombre de calzón colorado que retoza debajo de la Cascada del Chorrillo, a orillas del río Las Vueltas y a un par de kilómetros del pueblo. Por el mismo camino seguimos en auto hasta Laguna del Desierto, donde en verano se hacen paseos en barco. Subimos al glaciar Huemul caminando por un sendero, entre árboles milenarios y termina en una dramática trepada por piedras y ramas. El esfuerzo vale la pena: al final esperan las aguas color esmeralda de la laguna, bajo el majestuoso glaciar que cae desde la cima con gruesas capas heladas.
Mientras uno se despide del pueblo y deja la Cordillera a sus espaldas, es momento de detenerse a orillas del lago Viedma para dedicarle una última mirada al glaciar Viedma, el más grande de la Argentina. Los copos de hielo serpentean hacia el lago como la cola de un vestido de novia, que no termina de decidirse entre el cielo y las montañas.

Fuente: Clarin.com

Dejá tu comentario +

No Comments

Dejá tu respuesta

* Required Fields.
Your email will not be published.